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Reflexiones de un empresario: El valor de lo que permanece

  • hace 1 día
  • 3 Min. de lectura

"Estas líneas no nacen de un tratado académico, sino de los "golpetazos" que me ha dado la vida tras años de lucha en todos los frentes: como profesor, consultor, directivo y, finalmente, como empresario. He aprendido que la realidad enseña mucho más que los libros si uno sabe mirar con la voluntad adecuada." José Ignacio Fernández López (Ver pérfil).


Episodio I: Recuperar el nombre del empresario


Antonio Valero, quien fue mi profesor y compañero en el IESE, siempre insistía en que debemos usar el lenguaje con propiedad para poder entendernos. Es la única forma de que todos hablemos el mismo idioma. Me preocupa ver cómo en España se ha distorsionado la figura del empresario, asociándola a menudo con la explotación o el beneficio sucio, mientras se encumbra el término "emprendedor" casi como un escudo para evitar esa mala imagen.


Para mí, la distinción es vital: el emprendedor es quien inicia algo, pero el empresario es quien, además de comenzar, tiene la templanza de impulsar y dar continuidad al proyecto. Soy hijo de empresarios y he vivido desde niño lo que significa esta labor; por eso sé que la imagen que a veces transmiten los medios es profundamente falsa. El empresario es, quizás, uno de los seres que desarrollan una mayor labor social en nuestro país.



Episodio II: La frontera entre el negocio y la empresa


Es fundamental diferenciar la figura del empresario de la del negociante. Un negocio, como bien dice la Academia, es tratar y comerciar para "aumentar el caudal". El foco está únicamente en ganar dinero, sin preguntar por los recursos humanos o materiales que se utilizan. Una empresa, en cambio, es un proyecto con vocación de permanencia.


Una verdadera empresa debe generar un bien útil para la sociedad bajo criterios éticos y producir riqueza para repartirla justamente entre el capital y el trabajo. Pero, sobre todo, debe nacer con afán de autocontinuidad: que sobreviva el mayor tiempo posible cumpliendo su función. Quien lidera esto no busca solo el dinero; busca dar vida a una idea y sostenerla con tenacidad, generosidad y liderazgo.



Episodio III: La trampa del crecimiento y el síndrome de Tántalo


Hoy vivimos bajo la dictadura del crecimiento cuantitativo. Parece que si no vendemos más o no ganamos más cada año, estamos fracasando. Es lo que yo llamo el síndrome de Tántalo: ese deseo infinito que nunca se satisface porque, en cuanto logramos una meta, ya estamos buscando la siguiente. Esta obsesión física por el "más" a menudo utiliza métodos que agotan a las personas, con horarios extenuantes que destrozan familias y olvidan que el trabajador no es una máquina.


Frente a esta explosión externa, yo propongo la "implosión empresarial": crecer hacia adentro. Se trata de buscar la calidad, renovar el producto y mantener un servicio especial sin necesidad de una expansión sin sentido. Los buenos empresarios son los oficiales que están en las trincheras, no los generales en el despacho. Son quienes comparten el pan y las dificultades con sus colaboradores, valorando la labor social de su trabajo por encima del "caudal".


Episodio IV: El legado familiar y el arte de retirarse


Recuerdo que mi padre, cuando se presentaba, siempre decía que de su empresa vivían cuatrocientas familias. Esa era su vida, no su caja de caudales. Nos hizo trabajar a sus hijos en la fábrica con el buzo puesto, comiendo y conviviendo con los operarios como uno más. Esa ejemplaridad es la que construye una empresa familiar sólida, pero esa solidez se pone a prueba en el momento de la sucesión.


Saber retirarse exige una dosis inmensa de generosidad y humildad. Hay que saber ceder la obra propia y permitir que otros, aunque sean los hijos, lleven el timón de forma distinta. A los sucesores siempre les sugiero que no desprecien lo que hizo el anterior: no cambien las cosas por el simple hecho de cambiar. Si algo ha funcionado, reflexionen profundamente antes de romperlo. La supervivencia de la empresa debe estar siempre por encima del ego.



Episodio V: La necesidad de volver al silencio


Mis reflexiones no vienen de los últimos manuales de gestión, sino de una concepción humanista del hombre que trabaja. Estoy convencido de que el mundo cambiaría si todos dedicáramos unos minutos al día al silencio absoluto, a pensar en quiénes somos y qué rol jugamos aquí. Necesitamos esa "implosión personal": vernos por dentro sin ruidos ni cortapisas.


Un empresario, antes de lanzarse a la acción o de obsesionarse con el progreso infinito, debe saber qué quiere hacer de verdad. Y para eso, es obligatorio pararse a pensar. Solo desde esa reflexión profunda podremos sacar lo mejor de nosotros mismos para construir un mundo que sea, sencillamente, un poco más humano.


José Ignacio Fernández 

1 comentario

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Jal
hace un día
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Muy bueno. Se nota la voz de una enorme experiencia.

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